lunes, 15 de diciembre de 2014

Hoy aprendí

Este escrito puede parecerte un cliché. A veces opinamos o coincidimos con pensamientos acerca del valor de la vida. Lo poco que la valoramos y aprovechamos, el valor del tiempo y lo que puede que valga -o no- la pena en nuestras fugaces vidas. De un momento a otro, se nos olvida lo importante y volvemos a preocuparnos por las más insignificantes cosas.
Por eso quiero hacerme -sí, a mi- un recordatorio de lo que en verdad importa, de lo que debería importarme y en lo que debo gastar mi energía.
Hoy quiero hablar del cáncer.
Todos conocemos a alguien que padece esta terrible enfermedad. Mi abuelo tiene cáncer, la pequeña Ren lo tuvo. Mi abuelo cuenta con noventa y cinco años, unas enormes ganas de vivir y, al igual que todos, teme a la muerte. Ren, tan sólo tenía cuatro años y ella no sólo tenía muchísimas ganas de vivir, ella vivió al máximo, sin miedo a la muerte, sin entenderla. Feliz. ¿Captaron la diferencia?
El miedo nos frena. En todo.
Me deja pensando –nuevamente- en la actitud. Todo, absolutamente todo, se concentra en la actitud. El cáncer lo tenemos todos, un cáncer social que nos absorbe y nos orilla a vivir nuestras vidas siempre al límite, dejamos de disfrutar los momentos importantes o nos concentramos en las situaciones que nos producen desagrado. Sí, a todos. La negatividad puede o no regir nuestras vidas. Pero en algún punto, nos hemos dejado llevar. Somos humanos. ¿Qué hacer? Concienciarnos. Y no con tus vecinos, amigos y familia. No. Conciencia contigo, el cambio es únicamente contigo mismo.
Por mucho tiempo estuve triste pensando en lo horrible que era mi trabajo. Pensé mucho en los trabajos pasados, en por qué había decidido cambiarme y terminar en uno “peor”. Pensé en la enfermedad de una de las personas que amo, el desamor y demás cosas negativas que  me orillaban a olvidar esos momentos por los cuales debo dar gracias.
Para empezar, tengo un trabajo, un trabajo que me gusta. Con sus dificultades y gente especial, sí, pero un trabajo que me permite crecer no sólo laboralmente, sino como persona. Un trabajo que me pone retos y me demuestra que puedo con ellos y más. Ningún trabajo es perfecto, lo sé. Tampoco me arrepiento de haber estado en los trabajos anteriores, todos y cada uno de ellos han logrado que hoy sea la mujer que soy, han forjado mi carácter, me han motivado y he crecido. Y les diré algo sumamente importante: en el momento en que algo te deje de hacer feliz, no te permita crecer o dejes de aprender, es momento del cambio.
Esto va para todas aquellas personas que sufren o han sufrido por algún familiar enfermo: Disfrútalo, tienes el dichoso regalo de poder despedirte. Ni esa persona ni tú son eternos. Nunca lo serán, nunca lo seremos. Incluso, no necesitamos una enfermedad de por medio para dejar de valorar y disfrutar a las personas que queremos. Ese es nuestro cáncer. Dejar que una tragedia nos una. No dejemos que nos pase, valora el presente.
Es cierto cuando te dicen que la vida se va en un abrir y cerrar de ojos. Por eso, dale color a tu vida. Haz -y lo digo en serio- aquello que te haga feliz, pero sobretodo, cambia tu ACTITUD. Cuando sucede algo negativo, piensa en todo por lo que debes estar agradecido y AGRADECE.
Todo es enseñanza de vida. Las cosas buenas y las cosas malas.
Gracias por la enseñanza de hoy.