miércoles, 10 de diciembre de 2014

Reflexiones filosóficas - trabajo año 1995



Decía Sócrates que la existencia sin examen no merece vivirse. En efecto, a diferencia (aparente) del animal no estamos en un rebaño ni tratamos de durar lo más posible. Nuestra función, más allá de vivir, es el examen de nuestros actos, al pensar y obrar libremente (razón mediante) constituyen el sentido de la filosofía.


la mayoría de la gente que le toca vivir bajo ella, está alienada, inmersa en sus apremios y ambiciones materiales, de las que no logra librarse para atender otros problemas. No ve la maravilla que lo rodea, ni material, existencial y menos espiritual, donde la filosofía lo despierta, atrae su atención hacia lo que la realidad tiene de milagroso, insólito y deslumbrante. Y también lo desampara, porque lo enfrenta a su condición, lo arranca de su estabilidad y confort para impulsarlo a lo esencial.


Y queda, como sentimiento final, el asombro ante el mundo y al mismo tiempo una sensación de fugacidad y de lo inalcanzable en cuanto a todo lo que adorablemente se nos ofrece. Conciencia de una infinita riqueza de la cual pueda abarcarse una ínfima parte en nuestra aventura humana. Esto no implica una visión pesimista ni optimista sino que es plena aceptación de nuestra condición, aquí y ahora,con cuanto encierra de maravilloso y terrible. La aceptación de la vida como un deslumbramiento perpetuo.

La filosofía llega al filósofo y a nosotros de alguna vez como un camino que vemos trazado a lo lejos, que nos llega con un mensaje para interpretar sobre lo que no vemos como una inminente revelación. Cuando arribamos al final de ese camino, nos topamos con el mirador, que apunta al paisaje de los advenimientos, aguardando la propia vida, al pasar, se pronuncie y se revele. Si la palabra de la reflexión llega la hombre, entonces nunca puede ser expresada superficialmente sino con hondura. Esta revelación no se nos ha dado para contemplarla sino para que nos dejemos asir por ella, para dejarnos llevar en su destino.