domingo, 12 de abril de 2015

'Mujeres van detrás de quien las necesita; ellos, de quien los halaga'

La escritora Pilar Sordo habla de las diferencias de género que afectan a las relaciones de pareja.

 No es posible poner una diferencia o un género por encima del otro.Cuando el primer matrimonio de la reconocida psicóloga y escritora chilena Pilar Sordo se acabó, a fines de los años 90, por razones que ni ella misma pudo explicar entonces, comenzó una investigación que aún no termina, pese a haber dejado seis libros que recogen ocho estudios sobre el mismo tema: las diferencias entre hombres y mujeres.
  “Tras esa separación, que puso fin a once años de unión y de la que quedaron dos hijos, empecé a estudiar el tema de lo que entraña ser hombre y ser mujer, buscando entender, en ese contexto, en qué pude haber fallado”, recuerda la especialista.
 La psicóloga, quien vino al país invitada por Coomeva para dictar la conferencia ‘¡Que viva la diferencia!’, enmarcada en la reciente celebración del Día Internacional de la Mujer, sostiene que ha logrado establecer 14 diferencias entre hombres y mujeres que determinan la forma como estos se relacionan. “Lo maravilloso –señala, en entrevista con EL TIEMPO– es que he encontrado que no hay un género mejor que otro, sino que somos complementarios. Si lográramos entenderlo, lo más seguro es que muchas de las tensiones, las peleas y los problemas que hoy afectan a las parejas se acabarían”.


¿Cuáles de las diferencias entre hombres y mujeres influyen más en los problemas de pareja?
 Una de las principales es que las mujeres estamos diseñadas, física y emocionalmente, para retener todo: retenemos líquidos, nos cuesta sudar, desarrollamos celulitis, tenemos problemas para deshacernos de lo que no sirve, guardamos para después, preguntamos mucho y tenemos más memoria emocional. Los hombres, por otro lado, sueltan todo con facilidad, lo cual les permite avanzar más rápido; tienen mala memoria, hablan menos, dan vuelta a la página con mayor rapidez y, por consiguiente, cargan con menos culpas. Las mujeres tendríamos que aprender a soltar un poco y ellos a retener un poco.


¿Qué otras diferencias encontró?
 Que nosotras necesitamos sentirnos necesarias, razón por la cual estamos en todo; los hombres quieren, en cambio, ser admirados o reconocidos. Eso, por supuesto, influye en la infidelidad: las mujeres nos vamos detrás de quien nos necesita y ellos, detrás de las que los halagan. A eso hay que ponerle ojo. Las mujeres, además, estamos programadas para ser más auditivas y sensitivas y ellos, para ser más visuales. En consulta con parejas, también se ve que cuando las mujeres hablamos de nosotras en realidad nunca hablamos de nosotras, sino de los demás, de los hijos, del trabajo, del marido. Los hombres, en cambio, hablan de ellos. Todo esto marca, de manera fundamental, la forma como enfrentamos los conflictos y buscamos las soluciones.


¿Por qué concluye que los hombres funcionan con base en objetivos y las mujeres desde los procesos?
 Es una de las diferencias más lindas que detecté. Para ellos, lo fundamental es fijar objetivos y concentrarse en lograrlos lo antes posible. Las mujeres, en cambio, nos concentramos en el proceso para llegar a la meta y en disfrutarlo. Y eso, en términos de relaciones, es muy importante. Si nosotras nos concentramos solo en los detalles, podemos perder por el camino la fuerza para llegar a la meta; los hombres, a su vez, corren el riesgo de no disfrutar del trayecto, de no darse cuenta de lo que pasa a su alrededor.


¿Esas diferencias nos hacen mejores o peores, en términos de género?
 No. Estas diferencias, y eso es algo para destacar, demuestran que hombres y mujeres somos complementarios. La mujer aporta aquello que le falta a él, y viceversa. No es posible poner una diferencia o un género por encima del otro.


¿Por qué valoramos esas diferencias de manera negativa?
 Es inevitable que hombres y mujeres miren de soslayo al otro, pero eso no tiene sentido porque somos complementarios, no mejores o peores. Eso solo deja rabias y dificultades para relacionarnos.


Parece que hoy lo femenino sigue minusvalorándose...
 En buena medida, las mismas mujeres aportan esa connotación, cuando uno las oye quejarse de la infidelidad y el descuido de los hombres, de la dureza del embarazo y el parto, de los bemoles de la crianza, de la doble jornada que deben asumir, de mantener la casa sin el apoyo de sus parejas. Si las mujeres nos hacemos cargo de nuestros procesos y dejamos de quejarnos, la percepción de lo femenino mejorará, sin duda.


¿Influye eso en lo que usted ha llamado ‘masculinización’ de las adolescentes?
 Sí. Las actuales generaciones de mujeres crecieron oyendo a sus madres y abuelas quejarse de la dureza de ser mujeres, de que deben trabamucho, de que tienen que mantener la casa y asumir la crianza y al tiempo tratar de cumplir sus expectativas y sueños frente a la vida. Cuando eso pasa, las niñas y adolescentes, que ven negativo lo femenino, adoptan características masculinas.


¿Se portan como hombres?
 Digamos que para muchas adolescentes y jóvenes el matrimonio y la maternidad están dejando de ser una prioridad y, en cambio, el cumplimiento de sus expectativas, metas y desarrollo personal ahora es lo más importante. Están, además, aprendiendo a soltar como los hombres, a dejar a un lado lo que les hace mal, a callar, a no evidenciar su lado sensible para no mostrarse vulnerables, y a ser más agresivas. Curiosamente, muchos hombres en esas edades están expresando más sus emociones, son más sensitivos, lloran más, están llenando el vacío que dejan ellas.


¿La minusvaloración de lo femenino afecta la identidad sexual de las adolescentes?
 A veces, entre ellas la incursión en conductas lésbicas también forma parte del rechazo hacia lo masculino, lo ven como una opción, cuando la homosexualidad es, en realidad, una condición con la que se nace. Verlo como una posibilidad y hasta como una moda puede generar en ellas profundos conflictos personales. Voy a cumplir 50 años y puedo decir que mi generación tuvo problemas con su sexualidad por falta de información; la actual va a tenerlos también, pero por sobreexperimentación; los jóvenes saben demasiado, pero tienen poca experiencia desde lo afectivo y emocional.


¿Esta renuncia a lo femenino afecta las relaciones de pareja y la familia?
 Los elementos femeninos, como los detalles, el poder cohesionador del afecto, la energía del vínculo y la intuición son tremendamente importantes en esos ámbitos. Sin ellos simplemente no están completos. No es gratuito que se diga que cuando una mujer crece y potencia todo su talento, la familia y la sociedad crecen con ella.


¿Qué impacto tiene todo eso en la sociedad?
 En la medida en que se pierde el valor de los procesos y ellas se vuelven más distantes y agresivas, la sociedad también se percibe más fría, calculadora y acelerada. Es un fenómeno frecuente; aun así, siento que hay un paulatino retorno a la valoración de lo femenino, entre aquellas mujeres que han entendido que pueden desarrollar todos sus talentos, ser como son, sin importar el escenario.


¿Qué limitantes encuentran las niñas hoy para ejercer su feminidad con confianza y libertad?
 A la queja de las mamás hay que sumar la presión social a no mostrar vulnerabilidad, a ser mujeres fuertes... Y, por lo tanto, todo lo que tiene que ver con lo femenino termina por ser mal evaluado y eso estresa bastante.


¿Cómo darle vuelta a esta situación de desequilibrio, particularmente entre las niñas?
 Las abuelas, las mamás, las adultas deben tomar conciencia del mensaje que están enviando a las más jóvenes, y preocuparse por decir y mostrar que son orgullosas de ser mujeres; la sociedad, en todos sus espacios, debe empezar a valorar lo femenino y visibilizar las cualidades, aportes y talentos de las mujeres.


Pero la queja general es que la minusvaloración persiste, incluso en materia de acceso a oportunidades y mejores salarios...
 El discurso del que debemos apropiarnos no es que hombres y mujeres somos iguales. La pelea hay que seguir dándola por tener iguales oportunidades, por alcanzar la equidad en términos de derechos y en todos los ámbitos de la vida.