viernes, 6 de mayo de 2016

No todas somos las “princesas de papá” por Patricia Cos

Hay algunas que no conocemos a ese “padre incondicional” del que tanto hablan…
Apasionada de la lectura, en especial la Literatura Inglesa. Desde niña he amado escribir, mi sueño: ser redactora. Soy una mujer fuerte, sensible y creativa, fiel creyente de que el arte en cualquiera de sus modalidades nos da una razón para vivir.
Es triste ver cómo la persona a la que llegaste a amar y a admirar ha perdido todo eso, cómo deja un vacío en tu vida, heridas que por más que quieres no logras sanar, y cuando las cicatrices de dichas heridas se dan, la herida vuelve abrir.
Siempre creí que las relaciones eran difíciles, que los hombres te podían lastimar si no eras lo suficientemente astuta o fría para el amor, pero todo surgió a raíz no de un novio ni un amigo del cual estaba enamorada, tampoco de un chico que jamás me hizo caso. De hecho, tengo bastante suerte para atraer a los hombres; algunos piensan que eso es bueno, lo consideran buena suerte, creen que ser atractiva te lleva muy lejos, pero para mí no hay nada mas erróneo. Atraigo a los hombres y tengo problemas con cada uno de ellos. Eso es mala suerte, y se la atribuyo a mi padre.
Usar a mi papá como justificación ante mis relaciones fallidas probablemente suene estúpido, pero créanme, no hay nada más cierto que eso. Cuando tienes una figura paterna que demerita lo que haces todo el tiempo, a quien no logras complacer por más que te esfuerces, que además cuando fallas te reprocha lo tonta que eres, por supuesto que no te deja ganas para seguir inmersa en el mundo masculino.
Cuando notas cómo tus amigas llevan una relación tan diferente con ese padre que tú tienes pero no es el que deseas, empiezas a ver lo injusto de la vida. No entiendes por qué no cuentas con el padre amoroso, comprensivo, incondicional que otras niñas sí, en cambio, tienes un papá agresivo, cambiante, que te humilla, duda de ti y nunca ha sabido lo que es respetarte.
Nunca has sido la “princesa de papá”, la “niña de sus ojos”, al contrario, parece que eres un problema constante en su vida, y te recuerda que si no estuvieras con él su vida sería más fácil y mejor, al final te acostumbras. Eso no significa que seas masoquista o algo por el estilo, agradezco a ese hombre por hacerme más fuerte, hábil, no dejarme llevar por impulsos, y hasta puedo agradecer las enseñanzas que me dio. Yo no quiero ser como él, ni lo soy ni lo podría ser. Y sí, por supuesto que el maltrato de mi padre ha tenido consecuencias. Dicen que una palabra hiriente duele más que cualquier golpe. A mí nunca me han golpeado, pero sí me han destrozado el corazón, la autoestima y dignidad muchas veces.
He reconstruido esas cosas poco a poco, aunque lo más difícil que he vivido después de tener un padre así, es aprender a confiar en los hombres, a creer en el amor, a darme cuenta de que no puedo generalizar y que no todos los hombres son así, crueles, que hay muchos interesados en hacer feliz a una mujer, tratarlas como su princesa, respetarlas.
Llega el momento en tu vida en el cual tienes que perdonar. Sin importar la magnitud que tenga el daño que hayas sufrido decides resignarte y seguir adelante, no puedes quedar atada a recuerdos tristes y dolorosos que impiden que avances. Las malas experiencias están hechas para aprender, para fortalecernos y demostrar que somos capaces de lograr lo que nos propongamos. Yo me di cuenta de que el rencor no me lleva a nada, no puedo olvidar pero sí dejar ir y aprender de lo vivido, y al hombre que más daño me ha hecho en la vida, sólo puedo agradecerle dos cosas: la vida que me dio y que hoy disfruto al lado de un hombre maravilloso, y que nadie puede lastimarme sin que yo lo permita.