viernes, 23 de enero de 2015

10 cosas que ya no hago como madre - Por Gabriela Tomassoni

Algunas personas no entienden cómo hago todo lo que hago trabajando a tiempo completo, manteniendo la casa en orden y la pareja intacta, criando cuatro hijos y dos perros
Aquellos que me conocen saben que no soy la madre ideal, la esposa perfecta ni la empleada del mes. Sin embargo, se preguntan cómo hago para que todo funcione todo el tiempo. Entre nosotros, les cuento que nada es gratis en la vida y que se requiere de un gran compromiso para no dejar de hacer lo que me gusta... y lo que no me gusta. Con los años, dejé de hacer muchas cosas que antes hacía con amor, simplemente porque no me da el tiempo o las ganas para todo. Acá van algunos ejemplos:

1- Jugar con mis hijos
Si bien he pasado horas dibujando y pintando, armando castillos con cajas de electrodomésticos y carpas con sábanas y manteles, ya no lo hago. Procuro que cada uno tenga su tiempo de juegos y de distracción, me ocupo de otras cosas mientras ellos hacen lo suyo. Es agotador con un solo hijo, pero con cuatro... ¡insufrible!

2- Cocinar todas las comidas
Hubo un tiempo en el que me ocupaba de cocinar y hacer las compras diarias, hasta que descubrí que la cocina no era mi territorio y lo fui cediendo. Algunos días cocina mi marido y otros días cocinan mis hijas mayores y se turnan para lavar los platos. Yo sigo ocupándome de las compras y de decidir qué se va a comer, pero delegué esta tarea que creo que es de las más tediosas para cualquier madre. De todas maneras, de vez en cuando los agasajo con una comida hecha por mis propias manos sin sentir culpa por ello.

3- Planchar... ¿para qué?
Hubo un tiempo en el que planchar era una obligación moral. Con el tiempo, fui descubriendo que la ropa bien colgada y doblada apenas sale de la soga queda igual de linda que si me hubiera pasado cinco horas planchando. Puede que sea un sacrilegio lo que digo y que mi abuela me odie desde el cielo por esto, pero en casa solo se planchan las camisas de mi marido y el 90% de las veces lo hace él.

4- Mantener la ropa en orden

En una casa con tantos habitantes, nuestro lavarropas merece el premio al esfuerzo sostenido y sin dudarlo es el electrodoméstico que más quiero, incluso más que a mucha gente. Pero aún no consigo uno que entregue la ropa doblada y que sea capaz de teletransportarla hasta sus respectivos cajones. Por eso establecí una rutina de obligaciones con mis hijos y cada cual se ocupa de darle un destino final a las pilas de ropa que se lavan a diario. Ya no me ocupo de que las remeras se encuentren alineadas por color y no me trastorna que al abrir el guardarropas todo sea un caos.

5- Citas románticas
A pesar de que mantener la pasión debería ser una prioridad, es inútil planificar salidas románticas con mi marido. Siempre hay algo que sucede en medio de un plan que nos hace abandonarlo. Por eso, establecimos nuestro cuarto como santuario y no permitimos invasiones en él. Cada noche, aunque lleguemos cansados a la cama, nos dedicamos un breve tiempo para no olvidar cómo comenzó esta locura de tener una familia inmensa, aunque cinco minutos después nos demos vuelta y nos vayamos a dormir cada uno mirando para el otro lado.

6- Voluntariado escolar
Tal vez a mis hijos les hubiera gustado verme participar de las actividades escolares, pero nadie es perfecto y realmente nunca se me hubiera ocurrido ofrecerme para decorar un telón para un acto o sentarme a pintar macetas para el Día de la Primavera. Que me juzguen por ello, pero nunca seré una madre que vive en la puerta del colegio y agradezcan que aún recuerdo el nombre de las maestras de mis hijos.

7- Estar perfecta
Confieso que me he ocupado menos de mí que de mis hijos y que, mientras ellos salían impecables de casa, yo me recogía el pelo en una cola y me subía al auto en pijamas para llevarlos al colegio. Nunca entendí cómo muchas madres estaban impecables a las siete de la mañana y yo no llegaba siquiera a peinarme.

8- Entrometerme
Muchas veces he dejado que mis hijos peleen o discutan sin entrometerme. Claro que me he puesto en medio de una situación que no podían manejar por ellos mismos, pero los dejé enfrentarse y resolver sus cuestiones, un poco por enseñarles a defender sus posturas y otro poco por mi desinterés en convertirme en árbitro de sus conflictos.

9- Responder cada pedido al instante
Una de las cosas más difíciles fue tener que dejarlos esperar por algo que no podía solucionar en el momento. Decir “esperá un momento” mientras me ocupaba de otra cosa les enseñó a tener paciencia y a reconocer la diferencia entre urgente e importante. Atender una llamada relevante de trabajo mientras uno o más hijos gritan por un vaso de agua que pueden servirse ellos mismos fue un aprendizaje colosal.

10- Levantarme a media noche
Al principio me levantaba cada vez que oía un ruido o se encendía una luz en la casa. Siempre interrumpía mi sueño para procurar que todo estuviera bien. Con los años, dejé de hacerlo. Ellos se despiertan, se levantan, dan una vuelta y regresan a sus camas y a veces yo ni me entero. Ahora que son adolescentes y muchas veces no regresan durante la noche, me aseguro de que estén bien antes de irme a dormir y que hayan llegado a casa cuando me despierto.
Esas fueron algunas de mis confesiones sobre cómo hago lo que hago para que todo funcione. Aprendí a delegar, a relajarme y a no competir por ser la mujer del año o la madre perfecta. Mis hijos sobrevivieron a mi estilo y seguramente tendrán el suyo propio cuando se conviertan en padres.